Al fondo por la derecha


Era un proceso en el que rodaba sobre mis pasos, agitando fricciones que transformaban el pasado en memorias incandescentes. Para aquella existencia, el estado de compromiso con el movimiento es efímero, lo más notorio es la propia mente. No son palabras vanas, como se entiende al ver al tráfico clandestino de recuerdos que prometerá ser desconcertante. Ni de un extremo o de otro, más bien, la acción investigadora retorcerá a los harapos de duda de por medio. Exprimiéndolos y dejando a la vista el motivo de una realidad. Que en términos de palabras rápidas sería el privilegio de entender qué se hizo. Me temo que nos es cuestión de someternos a un interrogatorio. Para cortar la cinta inaugural que dará paso a la exploración, se debe liberar de antemano un recurso. Que propiamente entendido es la palabra “creer”. Prohibiendo contrapuestas que sólo nos alejaran como emisarios de voluntad corta. Ahora con el acuerdo realizado, no tan coherente y con menor razón, lógico. El acceso pasaría a ser cuestión de forzarnos a no llamar a la puerta. Prescindan de esta parte porque lo mejor es pasar de largo hasta llegar al interior. Manteniéndose en silencio, por cierto, si lo prefieren antes que nada desaten sus sentidos y pónganlos en un vaso con hielo para que no se desgasten. Tampoco divaguen, en lo menos preciso acabaran con la pieza maestra, que clásicamente nos reprochará algo similar a saber qué fue primero, el huevo o la gallina. Para continuar realicen un movimiento neuronal vertiginoso, del que me deslindo de responsabilidad total. Consistiendo en empujar al infeliz defecto a un lado por sólo desearlo. Sí, así de simple y luego sin consultar a autoridades superiores que nos demandarían por entrometernos en algo más que el dichoso 10% de cerebro que algunos dicen que empleamos. Empujen y sólo empujen su propósito de vida más adentro hasta desencadenar manifestaciones de terminales inconscientes. Es su pasado, en el que rodaran, agitando fricciones triviales, buenas o malas. No se desalienten, aún no terminamos. Porque en realidad le dimos un par de pinceladas a la mente. Donde verificarán que tal ejecución no será una casualidad, infalible ante la imparcialidad de una arquitectura corporal en éxtasis. Incluso siempre habrá más para descubrir y tal vez para regresar al presente sea necesario algún neurotransmisor, de aquellos que recetan los doctores en frasquitos con nombres agendados.

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El género de los escritos lentos, de los que no conozco nombre ni ley busca donde obrar, ¿saben de algún sitio?.

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El moldeador de mariposas

Una vez lo vi en la esquina, era el moldeador de mariposas, de larga barba y de extraño oficio. El anciano en la Alameda Central tenía que ganarse su sustento; prometía como si estuviera hablando de un organillo que daría vida a una pieza de arte, claro que ahora no sería música pero alzaría vuelo por encima de la mirada de todos. De ese modo el público se fue aglomerando con gran expectativa, quién sabe si lo logrará. Luego de algunos minutos comenzó y sacó de su bolsillo extremos de arcilla, así los llamaba y con ellos formó con satisfacción rodillos que obligó poco a poco a despertar, con la ayuda de un mechero de hojalata. Una manera rústica de obtener calor pero entretenida porque decía: yo tengo el fuego, yo tengo libertad de no tener frontera y a estos rodillos mansos les ordeno nacer en virtud de lo irracional. Y el hombre pasó a crear un rito, a sacar bruscamente pedazos de los rodillos, o bien, le dio por aplanarlos, partirlos, resquebrajarlos, chamuscarlos, hasta que como un escultor en éxtasis logró formar dos insectos con la trompa enrollada en espiral, cuatro alas y las demás características de una mariposa. Era increíble más aun cuando se le ocurrió decir: ahora las rocío con más fuego y es hora de que busquen imponerse en el viento. Inmediatamente su obra se dotó de los colores más vivos y eligió emerger rápidamente, aleteando frente a los presentes hasta alejarse por encima de la mirada de todos, como su creador había prometido en un principio. Estaba asombrado, ya no podía asumir que me había parado a ver un simple acto callejero, estaba dentro de un evento hermosamente desequilibrado.

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Pienso en un sueño

Pienso en un sueño

En una maniobra que busca tener oficio

Un trozo de vida que no tiene relevo

Y sin embargo no quisiera

Perderlo tan sólo por el desvelo

Con el silencio de los párpados caídos

Ahora

Cuando estoy en medio del escenario

Aquel combate pródigo de desafíos.

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